Una imperial paliza


 
Enfrente del monasterio, la organización había preparado la zona de recogida de dorsales, y unos 50 metros más adelante, la salida. El animador, micrófono en mano, hacía las últimas indicaciones de carrera y salían los valientes de la ruta larga: les esperaban nada menos que 70 km.

Entre el bosque de cascos, bicis y equipaciones multicolor, nos parece distinguir, en la salida, a no más de 50 valientes, y nuestro amigo Carlos Olalla es uno de ellos. El resto, no más de 300, salimos dispuestos a superar sin grandes dificultades los 42 kilómetros de la ruta corta. Tal como decía la organización en su web, "una ruta relajada por la Sierra con las vistas más espectaculares...". Por ahora, ni una gota de lluvia.

Nada más salir de El Escorial, una bonita ascensión por asfalto que superamos sin dificultades nos hace sentirnos fuertes, y pensamos que la jornada discurrirá sin grandes contratiempos. Salimos del asfalto y nos encontramos con un largo descenso sin apenas dificultad técnica, que termina de nuevo en asfalto para cruzar la vía del tren y plácidamente parar en el primer avituallamiento. Sigue sin llover y las viandas son muy abundantes: bebidas isotónicas, geles revitalizantes, barritas de chocolate, plátanos... En fin, esto es una fiesta, y sigue sin llover.

Volvemos al pedaleo y rápidamente nos adentramos en el mejor tramo de la carrera: charcos, piedras, arroyos, arenas "movedizas", todo ello a buen ritmo y sin ascender un ápice. Realmente divertido: a estas alturas, ya estamos convencidos de que el madrugón ha merecido la pena.

Seguimos "paseando" y el camino se abre. Hay alguna subidita que nos sirve para medirnos con los que tenemos cerca. Atravesamos un gran charco en el que nos ponemos de agua hasta las orejas. Alguna y alguno pierde el equilibro y pone el pie en el agua. Seguimos llaneando. No llueve. El paisaje es realmente bonito. Qué divertido.

Al fondo, vemos una impresionante escalada de unos 200 m. de longitud y con un desnivel de unos 50 metros. Una procesión de ciclistas ya se han bajado de la bici y suben a pie. Como el resto, lo intentamos pero a los pocos metros tenemos que bajarnos de nuestra montura. Agus es el que más aguanta y llega a mitad de subida. Al llegar arriba nos reunimos, disfrutamos de las vistas y comentamos la jugada... Sin embargo, miramos a la derecha y podemos comprobar que a medio kilómetro hay una escalada mucho peor, que la mayoría hace andando. Sin más demora, empezamos a pedalear y a los 200 metros, al que escribe estas líneas se le "pinzan" los cuádriceps y tiene que parar para estirar. La subida hasta el avituallamiento se convierte en un suplicio, en el que mejor no abundar porque daría para escribir un libro entero. Tan sólo decir qu sin la ayuda de Adol y Agus, aún estaría allí... Esto ya no es divertido.

Una vez arriba, un nuevo avituallamiento nos espera, con más de lo mismo y en abundancia. La organización se ha pasado tres pueblos con el trazado, pero hay que reconocer que se lo han currado con la bebida y el alimento. Con la inyección isotónica y de potasio vuelven el buen humor y las ganas de pelear, así que nos animamos a continuar. Además, no llueve.

Retomamos la ruta, pero a los pocos metros vuelven los tirones y tengo que parar varias veces. Afortunadamente, al pasar el pinar empezamos a descender por un monte (aquí ya no hay camino) con la cruz verde a la izquierda. El descenso se torna en caída libre y la cosa empeora. Más de uno está apunto de rodar monte abajo... ¿Pero esto no era una ruta relajada?

Superado el descenso, nos metemos en un sendero en el que varias veces tenemos que bajarnos de la bici. Sorprendentemente, a cada metro que avanzamos la cosa empeora, y ya apenas es posible ir sobre la bici. Entre la maleza seguimos viendo las indicaciones de ruta y podemos corroborar que no nos hemos perdido, a pesar de hallarnos en medio del bosque. En algunos tramos tenemos que escalar literalmente con nuestras bicis a hombros, entre piedras. Empieza a jarrear. Yo me encuentro algo parecido a un chubasquero colgado de una rama y me pongo. Dios existe, pero esto es un infierno.

Finalmente, conseguimos salir de la jungla y retomamos el camino de ida desde el puente (la ruta es circular), y abordamos los últimos 4 kilómetros, que al menos se pueden hacer sobre ruedas. Eso sí, pasados por agua. Al final, llegamos de los últimos, pero allí estaba la meta y un avituallamiento final con bebida, bocata de fuet, fruta y barritas de chocolate.

El resumen: una imperial paliza, con un inicio prometedor, pero con unos infames quince kilómetros finales que son para borrarlos del mapa. Está claro que la organización tiene una idea equivocada de lo que es "una ruta relajada", así que yo el año que viene no me apunto. Eso sí, echaremos de menos el "catering". Por cierto, nuestro amigo Olalla tardó siete horas en completar la ruta larga, con doble subida al Avantos, y asegura que es la ruta más dura que ha realizado.

Olalla, eres un máquina.

 
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